Si pierdo la memoria, ¿qué le dará sentido a la vejez?

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Con la llegada de un hijo, muchas madres empiezan a tener problemas para retener los recuerdos. Es un hecho angustioso y doloroso que a veces es difícil asumir.

La pérdida paulatina de la memoria es una de las constataciones de mi adultez. Fui madre a los cuarenta años y debo reconocer que además de mi ya incipiente capacidad de recordar, el estado gestacional, los rescoldos de parir y las cicatrices de la crianza han incrementado sustancialmente esa falta de memoria. A ese estado le llaman memoria de placenta, que en mi caso es lo mismo que decir amnesia total, de cuanto existe y existió, ausencia de un mundo posible, vacío, silencio.


La vida sin memoria es significativamente diferente a la vida con ella; supongo que es igual de significativa a una selva viva o insonorizada. Cuando trato de recordar el nombre de una canción, de un libro, de un director de cine, de un autor, o incluso algo más complejo, como un recuerdo de infancia, o algo no tan complejo pero significativo, como lo puede ser la primera vez que vi el mar o la noche que conocí a mi amor, entro en un trance caótico que me dispara muchas emociones, casi todas, negativas. Ese trance supone esfuerzo, concentración, divagación, terror, palpitaciones, recriminaciones, culpa,  y termina, por lo general, en un lamento tardío por no haber sido capaz de recordar, un intenso cortocircuito de laceración espiritual.


Me lamento por haber consumido drogas sintéticas en mi juventud. Me aquejan los excesos de alcohol que intoxicaron mi mente, una y otra vez. Me inquieto ante la ausencia de esa precisa conexión de neuronas que, si no funciona en el momento adecuado, es mejor que nunca funcione. Nada más frustrante que el recuerdo llegue en el momento que ya no se necesita.


Nada más decepcionante que luchar durante varios minutos para traer al presente un detalle significativo que hubiera alumbrado ese instante en el que se precisa la memoria. Nada más vergonzoso que la cartografía de expresiones de un interlocutor a la espera de ese detalle. Por lo general, me encuentro con la expresión paciente y curiosa de Juan, el padre de mi hijo y mi compañero amoroso. Su silencio contenido obedece a mi largo impulso por recordar. Y así nos quedamos, por varios segundos, para presenciar el desajuste de mi mente que se bambolea como el andar torpe y presuroso de los personajes de una película de cine mudo, hasta tropezar en la aceptación de que mis neuronas no lograron siquiera buscarse, para poder explicar lo que de otra manera es inexplicable.


Porque la memoria es algo tan preciso, tan sustancial a lo extraordinario, que carezco de palabras para explicarla de otra manera distinta a lo que olvidé. Puedo especular y hacer aproximaciones acomodadas al antojo del momento. Puedo, incluso, aprovechar mi imaginación para divagar por los tejidos rotos de mi memoria, por las orillas de tela roída y remendar el instante perdido. Aun así, sigo en deuda con mi presente por no poder recordar mi pasado.


Hace un tiempo, leí que la falta de memoria se asocia a la depresión. La memoria, decía el artículo, es esa capacidad de estar conectado con el presente y de vivir el instante como el último. Si existe esa concentración, existirá la memoria y, por lo tanto, existirá el recuerdo. Tomás cumplirá dos años el próximo mes y ahora me doy cuenta, al escribir esta columna, que la escritura ha sido la única forma de memorizar el tiempo. Las palabras escritas, consignadas en un libro, en mensajes, en hojas sueltas, han sido mi voluntad de recordar su nacimiento, su crecimiento y mi transformación en madre, quizá con el ánimo de que algún día, perdida en el laberinto caótico de mi mente amnésica, encuentre una palabra que le de sentido a mi vejez.

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