Querer comernos a nuestro bebé es saludable

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Es normal que nos den ganas de espicharle los cachetes o morderle la barriga. Él debe hacer que nos enamoremos para asegurar sus protección y cuidado.

Cuando vemos sus ojos grandotes, su naricita, su boca delicada y esas manos que parecen empanadas nos dan ganas de comernos a nuestro bebé. Después lo acariciamos y sentimos esa piel, más suave que cualquier otra, y lo olemos, y ya no queremos despegarnos.


Estas compulsiones hacen parte de un mecanismo evolutivo de conexión e indican que tenemos un apego saludable que nos ayuda a bajar los niveles de estrés y, a la vez, tener todos los sentidos listos para cuidar a nuestros hijos (o, incluso, a los hijos de otras personas). Varios estudios han dado luces sobre las razones biológicas que nos llevan a tener estos impulsos.


Las características físicas tiernas fueron definidas por el etólogo Konrad Lorenz como “esquema del bebé”. Con el paso de los siglos, de manera inconsciente asociamos las caras redondas, los ojos grandes, las frentes anchas y las quijadas pequeñas como tiernas, o parecidas a las de un bebé.


En un estudio publicado en el diario Proceedings of the National Academy of Science y citado en Motherly,  un grupo de investigadores probaron el impacto del esquema del bebé en la motivación de cuidar a un niño. Después de realizar pruebas con 122 estudiantes, confirmaron que percibir un alto nivel de ternura aumenta la dopamina y esto genera el impulso de convertirnos en cuidadores. Por esta razón, muchas veces sentimos el llamado de cuidar a alguien solo porque tiene esos rasgos que vemos en los bebés.


Desde el punto de vista evolutivo, estar programados para responder al esquema de los bebés y no solo a nuestro bebé también tiene un sentido en términos de adaptación: nuestros ancestros evolucionaron como criadores cooperativos, con un sistema social que se caracterizaba por que varias personas asumían la labor del cuidador, de esta manera aseguraban la supervivencia de la especie.  


¿Pero por qué nos lo queremos comer?


En 2015, estudiantes de la Universidad de Yale determinaron que un estímulo demasiado intenso de ese “esquema del bebé” desencadenaba reacciones agresivas. Demasiadas emociones positivas pueden ser estresantes y abrumadoras, tanto, que llevan a emociones negativas, lo cual puede ser malo para nuestro organismo. “Recibir demasiados estímulos, sean negativos o positivos, hace que soltemos hormonas del estrés que afectan nuestro cuerpo –dice la investigadora Oriana Aragon–. Para regular esas emociones o lograr un equilibrio emocional necesitamos liberar el estrés de una manera opuesta: en el caso de los bebés, de forma agresiva”.


Aragon también explica que tenemos diferentes maneras de regular nuestras emociones. A veces nos tomamos un tiempo para repensar una situación. En otras ocasiones nos alejamos de aquello que nos preocupa. Con esta investigación se confirmó que otra manera de liberar el estrés es respondiendo con la expresión opuesta a lo que estamos sintiendo. Al parecer eso ayuda a que encontremos un balance.


Este estudio se realizó con el propósito de explorar caminos para aliviar enfermedades mentales que inducen a las personas a estados en los que se encuentran sobreestimulados, ya sea en términos positivos como negativos, tal como ocurre con el trastorno bipolar.


Entonces, la ternura nos motiva a cuidar a nuestros bebés. A veces, esa ternura puede resultar abrumadora, hasta el punto de sentir que nos los queremos comer, pero esa reacción no es en realidad negativa, es una manera de liberar el estrés que nos produce el exceso de sensaciones placenteras, lo cual nos permite volver a encontrar un equilibrio para continuar con nuestra tarea de protegerlos.

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