“Tus defectos como hijo, son mi fracaso como padre …»

– Le dijo el emperador Marco Aurelio a su hijo Cómodo.

 

Quizás todos reconozcamos la emotiva escena de la película épica de 2000, Gladiador. Ha vivido en mi conciencia estos 22 años desde que por primera vez la vi siendo un mero adolescente, sin hijos, ajeno a la profundidad de dichas palabras. Pero rara vez se han pronunciado líneas más verdaderas en la historia del cine que estas.

Los seres humanos somos criaturas miméticas. Aprendemos más imitando que aún por la instrucción didáctica que recibimos. Y de todos los modelos por los cuales comparamos y contrastamos nuestros comportamientos, allí, erguido por encima de todos los demás, se destaca la figura paterna. Puedes decir lo que quieras de tal figura, puedes amarla o aborrecerla, puedes alabarla o demonizarla, pero su centralidad en la formación del niño es ineludible. ¡Su presencia (o ausencia), no puede ser sustituida por nada! Ninguna cohorte de psicólogos, ni un ejército de trabajadores sociales, ni políticos o clérigos, ni filósofos o maestros de escuela, pueden impactar a un niño como un padre amoroso. De hecho, así de profundo es la influencia del padre: tiene el poder de afectar no solo a su hijo inmediato, sino incluso la vida de los hijos de sus hijos, hasta la 3ra y 4ta generación.

Muchos dirán, «¡pero espera!, ahora sabemos que gran parte de nuestra personalidad y rasgos de carácter están determinados genéticamente». Cierto. Pero incluso aquí, la mitad de la composición genética de nuestros hijos proviene de nosotros. Así que, incluso en esta dimensión aparentemente inalterable, nosotros también somos responsables en gran medida. No importa cómo lo veas, o cómo lo partas, la centralidad del padre es inevitable: un hecho de la biología, un principio divino del cosmos.

Por lo tanto, padres: amad a vuestros hijos, dedicad tiempo a vuestros hijos, de todas tus empresas y aspiraciones en la vida, que ninguna tenga prioridad sino la crianza de tus hijos. Pues, ¿de qué vale construir un imperio que cubre la tierra de mar a mar, solo para verlo quedar en ruinas a manos de tu propio hijo?

‘¡Oh Marco Aurelio! Tanto tiempo le dedicaste a la filosofía, a la conquista militar, a extender la gloria de Roma y su Senado a tierras lejanas, que olvidaste el legado más importante que pudiste haber dejado: un hijo digno del trono’.

Padres, no cometáis el mismo error. Que tus hijos sean el mayor legado de tu vida. Informó Mujeres al día.

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